Cada verano vuelven.
Aparecen entre los lirios y en los muros de piedra cuando la noche ya ha caído y el calor del día sigue guardado entre las paredes.
Los niños saben que los geckos se pueden coger unos segundos antes de devolverlos a su sitio.
Las luciérnagas no.
Nunca.
Las miramos.
Las señalamos.
Y las dejamos donde están.
Llevan tantos años regresando que forman parte de la casa igual que los lirios de junio, las frutas sobre la mesa o las cenas que se alargan bajo las estrellas.
No hacen ruido.
No reclaman atención.
No iluminan el camino.
Sólo permanecen ahí, suspendidas en la oscuridad con una luz tan pequeña que obliga a acercarse y mirar despacio.
Quizá por eso nos gustan tanto.
Porque nos recuerdan que las cosas más valiosas rara vez compiten por ser vistas.
Y que la calma no siempre llega cuando todo se detiene.
A veces aparece en forma de una pequeña luz verde, escondida entre las piedras, recordándonos que todavía existen cosas que no tienen prisa.
— Villa S